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¿ Inodoro o Letrina para  EVO ?

Sandra Weiss

Letrina en la comunidad de Tentayape en el Chaco profundo, zona ahora asediada por la petrolera española Repsol.   

Por Sandra Weiss

Una comunidad indígena en las profundidades del Chaco boliviano
se prepara para la visita de Evo Morales, pero aún hay
que conseguir un inodoro por si al mandatario se le ofrece...

Eran dueños de un vasto territorio entre Paraguay, Bolivia, Argentina y Brasil, pero la conquista española los diezmó, los doblegó, y las repúblicas independientes los aniquilaron en la Guerra del Chaco. Los que pudieron guarecerse en las reducciones jesuitas lo hicieron al precio de abandonar sus costumbres y su cultura para adoptar la fe católica y la vida sedentaria. Todos, menos unos cuantos que se refugiaron en el último rincón del Chaco boliviano, donde, celosos de su tradición, resisten aún hoy los avances del progreso occidental y sueñan con una comunidad autónoma guaraní. Su último refugio está amenazado por la codicia de las multinacionales petroleras que han encontrado grandes yacimientos de gas debajo de ese paisaje árido y hostil. Pocos son “los caray”, como llaman a los blancos, recibidos por ellos. M Semanal tuvo la oportunidad de adentrarse varios días en su vida cotidiana, y de presenciar los preparativos para una visita oficial, largamente esperada, enmarcada en su lucha por su territorio y sus costumbres.

EL CHACO, DONDE MURIÓ EL CHE

Nunca nadie importante había venido a este pueblo perdido en el Chaco, a 12 horas de camino de la capital Sucre y a otras 12 de la vibrante ciudad ganadera e industrial de Santa Cruz. Aun el pueblo más cercano, apenas una aldea de casas de barro con un centenar de habitantes, queda a cuatro horas por terracería, cruzando 63 veces el río Igüembe. Y eso cuando se puede, porque si llueve no se puede transitar, crece el río y se empantanan las camionetas por más doble tracción que tengan. Y no hay ni un solo puente. En el fondo de ese Chaco árido, espinoso, hostil, donde murió batallando solo el Che Guevara, fundaron su pueblo, Tentayape, “la última casa”. Así querían estar lejos del mundo de los “caray”, de esos blancos que nunca han venido, con excepción de algunos misioneros, comerciantes, alguno que otro antropólogo setentero o algún aventurero despistado. Ningún alcalde, ningún gobernador, ningún diputado... Pero ahora viene el mismísimo Presidente de Bolivia.

Fue una corazonada del capitán, la máxima autoridad en el pueblo, invitar al mismo mandatario. Lo invitó a un partido de futbol, en lugar de pedirle algo: luz eléctrica tal vez, una escuela o un puesto de salud. Pero pedir no es cosa del capitán o del orgulloso pueblo de Tentayape. Los últimos herederos de los antiguos dueños de medio Sudamérica, de una inmensa estepa roja entre Bolivia, Paraguay, Argentina y Brasil, coronada por arbustos espinosos y cactus, surcada por quebradas ariscas que parecen huellas de las garras de un puma gigante. Hay pocos caminos aquí y poca gente. Y así está bien, piensa Yariguira Cañanmi, y suspira resignado.

El capitán ha invitado al Presidente y hay que cumplir con el encargo. Y Yariguira, uno de los pocos que ha estudiado afuera y habla español, fue el elegido para la delicada misión. Es un hombre chaparro, fornido y sin las tradicionales trenzas envueltas en un pañuelo. Se las cortó cuando estudió bachillerato en la ciudad, porque no soportaba las burlas de los demás estudiantes. Aguantó, estudió y al final regresó al pueblo. Porque extrañaba a la familia, la paz, porque quería casarse con una esposa linda y dócil como sólo las hay en Tentayape. Regresó con un reloj y un celular que no sirve para gran cosa ya que no hay señal en Tentayape, pero que igual le dan estatus. Regresó con un horizonte más amplio e ideas modernas. Pero se doblegó ante los valores tradicionales.

No mentir, no ser flojo y obedecer son los principios sagrados. Aunque fuese una cosa tan insólita como conseguir un inodoro en medio de la nada. Porque de esos no hay en Tentayape, como muchas otras cosas de las que prescinden los 600 habitantes: tiendas, policía, juzgados, iglesias, luz, escuelas. No las necesitan. Tienen sus dioses, su río, su capitán y sus 20 mil hectáreas de tierra comunitaria, donde cultivan maíz, frijol, maní y ají; donde crían sus vacas, sus puercos, sus gallinas. Y tienen los padres para educar a los hijos. Policía y jueces no tienen razón de ser en un pueblo donde no hay ladrones ni divorcios, no se pelea y está mal visto gritar. En lugar de eso, se habla, y mucho: a la hora de levantarse, a la hora de la siesta y, sobre todo, cuando el sol se esconde y cede a la noche helada y estrellada.

Los hombres hablan afuera de sus chozas, esparcidas por grupos familiares a lo largo del río. Chozas de lodo con techo de paja que no tienen puertas y sólo tres paredes. Las mujeres hablan alrededor de la fogata, con un mate amargo circulando, mientras cocinan, o cuando van al río a lavar la ropa. Los abuelos hablan con los nietos y los hijos, los hombres con las mujeres. En su gutural guaraní, hablan del tiempo, del estado del camino, de la cosecha, de los acontecimientos del pueblo y de sus leyendas. Hablan con sus muertos que se entierran en las casas y siguen presentes en la vida cotidiana. Casi nadie sabe leer o escribir, su cultura es oral. El lugar de las mujeres está en la cocina, el de los hombres en el campo. Nadie cuestiona ese estado natural de las cosas. Ni siquiera Araberai Bacuire, la única mujer que habla español porque fue mandada a vivir unos 10 años con una tía en Argentina, y ha conocido la vida en la ciudad.

—¿No es muy duro el trabajo de las mujeres, levantándose en la madrugada para moler el maíz, y cocinar y lavar todo el día?

—Sí, es harto trabajo, pero está bien.

—¿No extraña a veces la vida en la ciudad?

—No, es mucho estrés; uno tiene que buscar trabajo todo el tiempo. Aquí es más tranquilo, y aquí está la familia.

—Usted estudió en Argentina, ¿no cree que sería bueno que los niños aquí también tuvieran escuela?

—Es que el pueblo no quiere, y no se aprenden cosas útiles en la escuela. Sólo trae desunión.

—¿Cómo educan a los niños?

—Les enseñamos a ser buenos, a trabajar, a no mentir, a respetar a los mayores, a no pelear.

—¿Y si se pelean o hacen travesuras?

—Los retamos, y si no obedecen, los llevamos con el capitán para que hable con ellos.

JUGADA POLÍTICA

El capitán es la gran autoridad, cargo que se hereda y es vitalicio —por lo menos, si es sabio y toma las decisiones correctas. Él tuvo la idea del partido de futbol contra el equipo presidencial. Una corazonada parece, pero detrás de su diminuta figura arrugada y sus grandes anteojos oscuros para proteger sus ojos sensibles a la luz inclemente del Chaco, el capitán estaba tramando algo: una jugada política. Buscando un espaldarazo presidencial en la lucha que libera Tentayape contra las petroleras.

Desde hace varios años están acorralando a Tentayape, la última comunidad guaraní libre y original; 20 mil kilómetros cuadrados de una zona que en décadas de lucha lograron declarar patrimonio cultural, pero debajo de cuya accidentada geografía los geólogos han encontrado grandes reservas de gas. Las comunidades aledañas, también guaraníes, han sido invadidas, compradas, sosegadas a cambio de carreteras, escuelas, material de construcción y fiestas, y han permitido la explotación petrolera.

Son unos 7.7 millones de metros cúbicos que el consorcio español-bolivano Repsol-YPF exporta a Argentina, más otros 25 millones a Brasil. Negocio que deja buenos réditos al Estado boliviano a partir de que Evo Morales aumentó la participación estatal en la petrolera y las regalías que debe pagar. Dinero que alimenta las arcas siempre vacías de uno de los países más pobres del hemisferio.

A hora y media de camino se erige la torre siempre ardiente de la planta separadora de gas de Repsol-YPF. Y allí se dirige Yari, como le dicen todos, en su afán de cumplir con el deber. No hace falta un rótulo para indicar dónde termina la comunidad libre de Tentayape y dónde empieza el reino petrolero. Es donde el sendero pedregoso se convierte en una pista plana, lisa y ancha, con drenaje y letreros que anuncian cada curva, la velocidad máxima y advierten de la presencia del gasoducto de alta presión.

Lo anuncia el aeropuerto erigido en medio de la nada. Cada rótulo tiene estampado el logo de la empresa, como para no olvidar a quién se debe el progreso en esa región olvidada. Yari se pone nervioso y pide un cigarro o una cerveza, pero nadie tiene y tampoco hay tienda en el camino donde comprar. Vuelve a callar y ensimismarse. No le gusta lo que tiene que hacer: pedir, mendigar. Pero como es el único que ha ido a la escuela y habla español, él es algo así como el canciller de Tentayape y le tocan las relaciones con el mundo “caray”.

Medio kilómetro después del aeropuerto aparece de repente una bien custodiada aglomeración de depósitos de combustible, maquinaria pesada, casas prefabricadas y grandes tiendas de campaña blancas con aire acondicionado: el campamento petrolero de Margarita, donde el consorcio argentino Techint, que construye el gasoducto, se ha instalado. Una ciudad itinerante que se erige mientras se construyen los ductos y los pozos, y se extrae el recurso. Después desaparece tan repentinamente como ha llegado. Un ciclo de desarrollo ficticio, basado en los recursos naturales, que ha conocido Bolivia desde la llegada de los españoles y la fiebre de plata en las minas de Potosí. Algo sabe Yari de historia, aunque nunca antes se ha dado ese desarrollo en el Chaco. Desconfía, pero como ni la alcaldía ni la gobernación tienen recursos para la vista del Presidente a Tentayape, no le queda otra. Se presenta en la vigilancia y pregunta por Óscar Funes.

El encargado de asuntos comunitarios es un hombre de la Patagonia con el porte autosuficiente de los argentinos, pero amable y que sabe de su oficio. Con diligencia recibe la carta escrita a mano, la lee rápidamente, la sella y la pone encima de otras cartas del mismo tenor. Yari apenas ha hablado algunas palabras y su voz apagada y la cabeza agachada contrastan con la eficiencia del ejecutivo.

Funes hace unas llamadas en voz alta por celular y promete lo pedido: gasolina, sillas, mesas, catres, colchones. Pero Yari se retuerce en su silla, agradece largo el favor y hasta se atreve a preguntar al final: “¿Y el inodoro…?”. La respuesta no lo arredra: “Tenemos, pero no está completo”, contesta Funes. No le importa a Yari: encargo es encargo.

Cuando por fin llega de regreso a Tentayape —luego de consultar en el camino al curandero para conjurar la suerte en el partido de futbol que se avecina—, Yari ha llevado también a docenas de hermanos y hermanas que aprovechan el único camión propiedad de la comunidad para un aventón, y ha transportado además encargos y víveres de una familia a otra. Así hasta que se estaciona frente de la choza del capitán. Rápidamente se ve rodeado de un grupo de hombres que observan curiosamente el flete y descargan los tres inodoros y urinarios regalados por la empresa; los ponen en el piso polvoriento y rojo. Desde su catre se levanta el capitán, que mastica coca y escupe ruidosamente la saliva ácida y verdosa antes de acercarse y contemplar ese nuevo elemento de la modernidad. Su rostro refleja sentimientos encontrados: cuánta modernidad entra a la comunidad y cuánta se tiene que quedar afuera, lo que es una pregunta esencial para Tentayape. La decisión pesa sobre sus hombros.

Cuando una epidemia devastaba la comunidad, sólo después de mucho tiempo aceptó la presencia de la Cruz Roja y la instalación de un teléfono satelital de energía solar, además de una tubería de agua que provee a todas las casas con agua potable desde un nacimiento en un cerro cercano. Después vino el camión, para el cual fueron capacitados dos choferes y un joven que está estudiando mecánica en la ciudad. Luego los pobladores que trabajan ocasionalmente con las petroleras o los ganaderos empezaron a llevar recipientes de plástico que están reemplazando los recipientes de barro y de calabaza. Esto es algo que no le gusta para nada, pero tuvo que rendirse ante la insistencia y por lo práctico de este material.

CONTRATIEMPOS

Y ahora está el inodoro allí, en su blanco esplendor, esperando su destino. Pero el capitán no está solo: ya ha llegado la avanzada de la visita presidencial, un grupo de colaboradores del gobernador y del alcalde, quienes entregan víveres y llevan una aplanadora que ha mejorado el camino entre Tentayape e Igüembe, para que la comitiva oficial no se quede atrapada en las arenas traicioneras. Es algo que tiene sus pros y contras.

Los 48 kilometros a Igüembe se pueden ahora transitar en dos horas, pero eso también significa que los “caray”, los misioneros y comerciantes pueden llegar más fácil a Tentayape y entrometerse en el delicado equilibrio entre el pasado y la modernidad que supo mantener el capitán. En contraste con el silencio de este hombre parco, los delegados se enfrascan en una discusión acalorada.

—Falta la cisterna de agua; entonces, tendríamos que echar agua en cubetas—, dice uno.

—Hay que instalarla en el campo de fútbol, no creo que el Presidente vaya a cruzar el río para venir hasta aquí a la choza del capitán para poder hacer sus necesidades—, subraya otro.

—Pero allá no tenemos tubería suficiente—, le replica el primero.

—De todos modos, el cemento no va a secar hasta mañana, y ¿se imaginan si el Presidente se sienta allí y esta cosa empieza a bailar?—, interviene un tercero.

—¿Y qué tal si instalamos una letrina? Es más rápido y más fácil—, propone el delegado de la Cruz Roja, y esboza un plano de construcción con un palo en la tierra arenosa.

El capitán los observa, consulta en guaraní con su ayudante técnico y zanja el debate: “No habrá inodoro, haremos la letrina”. Yari no se inmuta: él cumplió su encargo. Aunque fue en vano e intuye que no es exactamente lo que los “caray” entienden por eficiencia. Al atardecer, ya está la letrina. “Uno piensa que aquí sólo hablan, pero al final sí salen las cosas”, dice sorprendido el delegado del gobernador. Nadie repara en que la letrina de madera está al aire libre, sin protección, a la vista de todo el mundo.

Llega el gran día. Desde antes del amanecer, las mujeres muelen maíz, cocinan sopa, asan carne y todavía encuentran tiempo para ponerse sus pesados collares de perlitas de colores y monedas altisonantes, y sus tocados de seda convertidos, por complicados pliegues, en flores hermosas.

A las 10 suena el teléfono. Es la Casa Presidencial. No viene Evo Morales, hubo contratiempos. Tiene que capear varias tormentas: las protestas internacionales por la expropiación de la empresa eléctrica española Transportadora de Electricidad. Y, más importante, las manifestaciones de los sindicatos que piden aumento de sueldo, lo que resquebraja su base social.

Está en problemas el Presidente; pero pocos días antes encontró el tiempo para inaugurar la nueva planta de craqueo de gas en Margarita, lo que subraya la alianza estratégica entre Repsol y el Estado boliviano. Es un revés para el capitán, pero no se inmuta.

Fiesta es fiesta, y la chicha ya está circulando entre los pobladores y los invitados. Más tarde llega, por lo menos, el gobernador; agradece la invitación, trae unas pelotas y camisetas, baila encantado y promete “lo que se ofrece, porque siempre hay necesidades. Una escuela tal vez, un puesto de salud, ¿luz?”. El capitán agradece: “Estamos muy bien así, muchas gracias”. Y un rato después, desaparece entre las matas para hacer sus necesidades. Al aire libre, como siempre y como todo el mundo lo ha hecho por siglos. La letrina sigue impoluta, igual que las tazas del inodoro detrás de la choza del capitán.

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Sandra Weiss es corresponsal para Latinoamerica de los medios alemanes: Tagesspiegel-Berlin, Zeit-Hamburg, Standard-Wien, y Tagblatt-St.Gallen. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor : Este comentario fue originalmente publicado en Milenio Semanal, el 12 05 2012. Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.

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