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Hugo Chavez y Yo :“¿Por qué me haces esa pregunta?"

AFP / Thomas Coex

Beatriz Lecumberri haciendole una pregunta a Hugo Chavez

Por Beatriz Lecumberri

“¿Por qué me haces esa pregunta? La verdad, no puedo creer que te interese más ese tema que, por ejemplo, el hambre en el mundo. Seguro te han obligado a preguntarme esto. Qué tristeza”.

Quien habla es Hugo Chávez y se dirige a mí. Estoy sentada desde hace horas en primera fila del salón de prensa del Palacio presidencial de Miraflores, siento la cámara de la televisión oficial enfocándome a pocos centímetros y pese al fortísimo aire acondicionado me empiezan a sudar las manos. Es mi primer cara a cara con el jefe de Estado desde mi llegada a Caracas. Nos hemos cruzado y hemos conversado en otros países anteriormente, pero en esta ocasión Chávez está en su casa, tiene todo el tiempo del mundo y controla la situación a la perfección. Su presencia impone respeto. Parece un profesor, sentado tras una mesa ligeramente más elevada que nuestros asientos, rodeado de mapas, libros, bolígrafos y apuntes.  Mi pregunta, la que parece indignarlo, es ni más ni menos la que él esperaba ese día, la que justificaba que nos hubiera convocado a un nutrido grupo de periodistas extranjeros. Su respuesta se extiende finalmente  durante una hora y media y la rueda de prensa dura más de cuatro. Si a ello se suman las más de tres horas de espera, pasaremos en total de 7 horas en el palacio aquel día. Una eternidad para la mentalidad europea, un tiempo totalmente normal para los parámetros venezolanos: Bienvenidos a la patria de Hugo Chávez.

Venezuela es un país partido dolorosamente en dos por razones políticas. Un abismo separa desde hace años a dos bandos que no se escuchan y no se ven: los que están con el presidente y los que se oponen a él. Chávez, en el poder desde 1999, ha favorecido este desgarro y sus adversarios tampoco se quedaron atrás e instigaron el odio y la división con actitudes poco democráticas a ojos del mundo entero, como un intento de golpe de Estado fallido en 2002.

La prensa es un actor más de ese país dividido y una de las herramientas más útiles de la guerra política que vive Venezuela. El rigor, la mesura en las opiniones, el respeto a la vida privada, la investigación seria o la búsqueda de fuentes lúcidas son a menudo cualidades raras.

“El periodismo puramente factual y objetivo casi no existe en Venezuela hoy en día. Los medios de comunicación son parte de la batalla ideológica”, me dijo en varias ocasiones el ministro de Comunicación e Información, Andrés Izarra.

Los medios de comunicación internacionales que quieren hacer un trabajo serio caminan con dificultad por un terreno inundado de trampas, intereses políticos, hábiles manipulaciones, incómodas presiones y un escaso acceso a la información. Chávez tiene con la prensa internacional una relación contradictoria: nos necesita pero al mismo tiempo cada día nos ha ido despreciando un poco más.

“Espero no haberte molestado”, me dijo sonriente el presidente aquel día, tras la rueda de prensa, cuando las cámaras se habían apagado y con un gesto que prácticamente quería decir: “te tocó a ti como le podía haber tocado a cualquier otro”. Un minuto después estaba comentando otras cosas, cantando una canción tradicional venezolana, contando un chiste y hasta lanzando piropos. Ese es Chávez. Seductor, poderoso, hábil, gran comunicador, carismático, con una alta estima de sí mismo y muy acostumbrado al respeto ajeno. Un monstruo político.

Estamos a principios de 2008. En aquel momento, acercarse al presidente venezolano en un acto público para hacerle una pregunta era algo relativamente sencillo. Muchos medios de comunicación privados nacionales tenían ya las puertas del palacio presidencial cerradas y no eran invitados a la mayoría de actos del alto gobierno, aunque Chávez seguía prestándose a conversar con los corresponsales extranjeros, solía organizar encuentros con periodistas e invitar a reporteros a sus desplazamientos por el país. Pero los años pasaron y el mandatario pareció cansarse de las preguntas incómodas, se fue tornando más hermético, reduciendo al máximo las ruedas de prensa y los contactos con la prensa internacional. 

“¿Tú como venezolana conoces bien nuestra Constitución? Yo creo que no. Tu pregunta me deja ver que tú ignoras muchas cosas. Esa pregunta tuya no tiene fundamentación. Parece que vivieras en la Luna e ignoras todo lo que aquí pasó (…) No me vengas a decir que te estoy faltando al respeto ahora. Ustedes se prestan a la mentira y a la manipulación para engañar a los pueblos (…) Ni siquiera estás tomando nota. ¿Por qué? A mí me parece que no te interesa lo que estoy diciendo”. Un Chávez malhumorado y hastiado respondía así a una periodista venezolana que dejo entrever la pérdida de apoyo popular al gobierno tras las elecciones legislativas de 2010.

El cáncer diagnosticado al presidente venezolano en 2011 sólo ha robustecido esa barrera de protección en torno a su figura. Paradójicamente, Venezuela tiene hoy uno de los presidentes más comunicativos del mundo, omnipresente en la prensa y con una agenda inundada de actos públicos, pero el acceso real a él es casi igual a cero. Chávez es el telepresidente y nosotros nos hemos convertido en los teleperiodistas, en seres pegados al televisor a cualquier momento del día o de la noche para escuchar al jefe de Estado, quien puede sorprendernos con una declaración política importante, un acuerdo internacional o una nacionalización. Son intervenciones de dos horas, tres horas y hasta ocho o nueve horas al día, si hay elecciones a la vista. Al final de muchas jornadas, queda un regusto a frustración profesional frente a ese sistema, que nos reduce a ser meros reproductores de las abundantes palabras del presidente.

En 2012, Chávez es prácticamente la única fuente de información del gobierno venezolano. Para cualquier tema. Obtener un dato oficial, un desmentido o una reacción a un tema de actualidad de parte de un ministro o un alto funcionario es una tarea más que difícil.

Paralelamente, el trabajo de las agencias internacionales es mirado con lupa. En el espacio de algunas horas, la misma nota puede ser criticada por un medio de comunicación venezolano con una marcada tendencia antigobierno y puede ser leída de principio a fin en la televisión del Estado para mostrar la campaña de la prensa extranjera contra la revolución bolivariana. Pero el peor de los escenarios, y no hablo de una posibilidad sino de algo que ocurre realmente, es que sea el propio Chávez quien descuartice la nota que acabamos de publicar, en directo y por televisión. “Agencia France Presse. Vamos a ver lo que dice sobre Venezuela este medio de comunicación…”, lanza el mandatario, mientras evalúa el despacho con gesto serio. Al otro lado de la pantalla, en la oficina, el silencio es sepulcral y el estómago de todos se hace un nudo hasta que finalmente el presidente cambia de tema.

Desde hace años, la vida de los periodistas extranjeros se mueve al ritmo que marca Chávez. El problema es que ese ritmo es siempre improvisado y secreto. La palabra agenda no es usual en el vocabulario del gobierno venezolano. Rara vez uno se levanta sabiendo qué le deparará el día. Qué hará Chávez hoy, dónde estará, qué anuncios prevé hacer, cuándo hablará, quién lo visitará o incluso si tiene previsto viajar fuera del país. Y una acaba acostumbrándose a trabajar así. Hemos cruzado el país para asistir a actos políticos de Chávez a los que nunca fue, hemos pasado interminables jornadas de sábado y domingo esperando anuncios importantes que nunca se produjeron y hemos enviado fuera de Venezuela a periodistas para acompañarlo en cumbres a las que jamás asistió.

“No te quejes. Yo me he bajado del avión casi con los motores en marcha, pasada la medianoche porque el ‘jefe' finalmente decidió que no viajaba”, me contaba un cercano colaborador del mandatario.

Venezuela inspira tanta curiosidad y su presidente genera reacciones tan extremas que al cabo de algunos meses en Venezuela, la pregunta obligada de cualquier interlocutor es: ¿pero tú qué piensas de Hugo Chávez? En los últimos cuatro años me he visto confrontada a este interrogante en demasiadas ocasiones, dentro y fuera de Venezuela, sin llegar a entender por qué mi opinión sería relevante. Es cierto que el líder de la revolución bolivariana, a menudo ridiculizado, estereotipado, admirado y por momentos hasta idealizado, no deja a nadie indiferente, sobre todo a sus propios compatriotas, pero en la oficina de AFP en Caracas, compuesta en su mayoría por venezolanos, el reto de cada día era abrir bien los ojos y trabajar sin reflejar la más mínima opinión o sentimiento sobre la persona y la gestión de Hugo Chávez.

Y es que finalmente, osar definir al presidente venezolano es una tarea ardua y una osadía inútil. En los múltiples perfiles de Chávez que escribí para la agencia, la lista de adjetivos siempre era interminable. Pr ovocador, excluyente, populista y tremendamente popular, desconfiado, incombustible, autoritario, sentimental, solitario, implacable con sus adversarios, seducido por el poder, poseedor de un gran olfato político, encantador de serpientes, convencido del lugar que quiere ocupar en la historia, adicto al trabajo, divertido, insomne, aglutinador de una complicada mezcla de izquierda socialista y militarismo…

La enumeración podría ser aún más larga y seguiría siendo incompleta para finalmente describir a un hombre que pocos conocen bien y que da mucho que hablar.

“ Hugo Chávez cada día está más cerca del mito y cuanto más aparece en la vida pública, más lejana y reservada parece estar su intimidad. ¿Quién es en definitiva Hugo Chávez?, se preguntan también Cristina Marcano y Alberto Barrera, en las últimas páginas de su libro “Chávez sin uniforme”, a mi juicio la mejor biografía del presidente venezolano.

Esa atrayente complejidad de Chávez y su peso político en América Latina y más allá de la región, gracias a su petróleo y a sus relaciones estratégicas con países como Rusia, China o Irán, hacen que la oficina de Caracas tenga su peso dentro de nuestra agencia y exigen, si cabe, mayor responsabilidad y lucidez a la hora de trabajar.

El futuro político y el destino personal del mandatario, ambos inciertos, atraen de nuevo la mirada internacional sobre Venezuela, a pocos meses de las elecciones presidenciales de octubre de 2012. Chávez sigue siendo muy popular, pero la oposición acudirá a las urnas unida y fortalecida. Como periodista, me es difícil hoy por hoy imaginar una Venezuela sin Chávez, piedra angular de la revolución bolivariana, motor de su partido y objeto de una adhesión sentimental, casi mística, de parte de miles y miles de venezolanos. Todas las posibilidades están abiertas y la suerte no está echada. Hasta los más acérrimos adversarios del presidente recuerdan que subestimar al jefe de Estado ha sido en el pasado su error fundamental.

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Beatriz Lecumberri es una experimentada periodista española, actualmente jefa de la delegación de la Agencia France Presse (AFP) en su sede de Caracas, Venezuela. Los puntos de vista expresados no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor:Este comentario fue originalmente publicado en Correspondent / behind the news blog de la Agence France Presse - AFP, el 17 de abril, 2012 . Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.

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Petroleumworldve.com 16 06 2012

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