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México y el Retorno del PRI al Poder: Un Análisis
Doce años después, el dinosaurio aún estaba allí  

Reuters/Edgar Garrido

Enrique Peña Nieto, presidente electo de México y miembro rancio del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en Ciudad de México, 1 de Julio del 2012.
 

Por Víctor Flores García

México DF - "¡Somos libres, terminó la dictadura perfecta!", exclamaba una y otra vez Gicela Sehedi, una joven que corría desenfrenada hacia el monumento al Ángel de la Independencia con la energía de sus 25 años, junto a otros chavos de clase media, con cervezas en la mano y con sus camisetas empapadas en espuma espray por el arbolado Paseo de la Reforma que atraviesa el corazón histórico de Ciudad de México. Su exagerado grito quería arrancar un ladrillo más a un muro autoritario que se derrumbaba aquella madrugada de julio del año 2000. El provocador mote de dictadura perfecta fue idea del escritor peruano Mario Vargas Llosa, que lo planteó en oposición a la metáfora del ogro filantrópico escrita por otro premio Nobel latinoamericano, el mexicano Octavio Paz (1914-1998), para retratar al singular Estado corporativo mexicano: presidencialista, autoritario, corrupto, paternalista y clientelar.

Desde que lo expuso en una reunión de intelectuales convocados por Paz, en 1990, para analizar las consecuencias mundiales de la caída del muró de Berlín, titulada La experiencia de la libertad, ese estigma había perseguido por más de una década al Partido Revolucionario Institucional. El PRI fue el partido más antiguo en el poder en el mundo hasta que una revolución ciudadana de terciopelo, orientada hacia voto de centroderecha y apoyada por intelectuales y ciudadanos de centroizquierda, lo desalojó de la silla presidencial coronada por un águila que devora una serpiente sobre un nopal. Aquel partido de Estado establecido por los generales triunfantes de la revolución campesina de principios de siglo XX, desatada en 1910 tras el asesinato del presidente Francisco I. Madero, la mítica Revolución Mexicana de los indígenas sureños ensombrerados de Emiliano Zapata y los dorados norteños de a caballo de Francisco Villa que asaltaban trenes, gobernaba México desde 1929.

Luego de una larga campaña que cubrí como corresponsal extranjero, aquel amanecer de hace doce años presencié cómo miles de jóvenes recorrieron embriagados una y otra vez las principales avenidas de la capital, unos en autos y otros corriendo, al grito futbolero y sincopado de la remontada: "¡Sí, sí, sí se pudo! ¡Sí, sí, se pudo!". Pese a la euforia de los ganadores, aquella fue la primera vez que el poder pasaba de un partido a otro sin violencia, sin conspiraciones o golpes de Estados en toda la historia de este país. "Los mexicanos rescatamos nuestra dignidad, ya no somos marionetas, estamos vivos y somos libres", me gritaba eufórica la jovencita entre la multitud. Me gustaría saber qué hicieron ella y sus amigos con sus libertades políticas.

En cambio, la noche de anoche, la celebración del regreso del PRI al poder ocurrió casi en privado, entre los muros del viejo edificio del PRI sobre la Avenida Insurgentes, entre música de bandas norteñas, como la de Julio Preciado, que suelen cantar corridos de narcotraficantes a ritmo de una tambora que aturde a golpe de metales en las calles de los barrios populares. Una versión sinfónica y edulcorada de Cielito Lindo acompaño la caída de confetis rojo, verde y blanco sobre un Peña Nieto de copete engominado intacto que se abrazaba a sí mismo por los hombros, trayendo desde los remotos rituales del presidencialismo mexicano un gesto arcaico, plástico y robótico, transmitido en una cadena de medios privados encabezada por Televisa y TV Azteca.

"Un meteoro de votos ciudadanos acabó con los dinosaurios del PRI", me dijo hace doce años con una frase entre política y picaresca mi viejo amigo Rubén Aguilar Valenzuela, veterano de causas ciudadanas y rebeldes desde los años 70's, en México y Centroamérica, confundido entre la multitud que rodeó la casa de campaña del ranchero ex gerente de Coca Cola, Vicente Fox. Él mismo ignoraba que con el pasar de los meses se convertiría en el portavoz de aquel Presidente cuya victoria había apoyado con el argumento del voto útil de la izquierda para desalojar al PRI del poder. Desde el nuevo "bunker" de Fox, inaugurado aquel domingo electoral de 2000, el mismo día de su cumpleaños 58, partimos en una caravana de varios miles a los que se fueron sumando en cada esquina más y más ciudadanos, con banderas azules y ruidosas cornetas.

Me acerqué entre aquella muchedumbre a Adolfo Aguilar Zínser, un centroizquierdista asesor de Fox en materia de Seguridad Nacional, sumergido entre unos 30.000 seguidores, la gran mayoría jóvenes, ante la emblemático obelisco del Ángel de la Independencia repitiendo: "¡No lo puedo creer, lo logramos a pesar los feroces ataques que nos lanzó el viejo régimen!". Adolfo, quien se plantó ante el Consejo de Seguridad Nacional de las Naciones Unidas para oponerse en nombre de México a la invasión de Irak, moriría cinco años después en un accidente de carretera cuando regresaba de su refugio en el colonial pueblo de Tepoztlán, en pleno ejercicio del poder. Aquel día de hace 12 años, Adolfo estaba sudoroso y exhausto pero radiante entre el aroma de una “revolución ciudadana” que se expandió velozmente por México cuando se conocieron los resultados de las encuestas a boca de urna y luego con los resultados oficiales que situaron a Fox con la Presidencia en las manos, con ventaja de entre 6 y 7puntos (más de 2,5 millones de votos) sobre su más inmediato perseguidor, el jefe de la política Interior, Francisco Labastida. Es casi la misma ventaja de 6.5 puntos (más de 3 millones de votos) que ahora obtuvo Enrique Peña Nieto, salido de las filas más tradicionales del PRI, las del Estado de México que rodea el Distrito Federal, más aún, del feudo de Atlacomulco, el que da nombre al grupo político formado por políticos rudos, rodeados de sospechas de vínculos con todo tipo de grupos ilegales y corruptelas.

Doce años de parálisis legislativa

Fox llegó al poder con una estrategia de polarización diseñada como un plebiscito entre el cambio o la continuidad. La idea de ese modelo de referéndum le fue entregada a Fox por Jorge G. Castañeda, que llegó a ser canciller como su padre lo fue en la era del PRI, autor de una biografía del Che Guevara y otros libros sobre la izquierda latinoamericana, quien junto con Rubén Aguilar Valenzuela, hijo de un respetable banquero que fue director del Banco de México, y educado por los jesuitas, fueron asesores del centroizquierdista Cuauhtémoc Cárdenas en las elecciones presidenciales anteriores, 1994, en plena rebelión zapatista, antes de dedicarse a atraer a un sector de la izquierda intelectual hacia las filas conservadoras con una sola idea: poner fin al muro autoritario del PRI, considerado el obstáculo mayor para la democracia en México hasta el 2000.

En aquel amanecer Castañeda me dijo que el gobierno de Fox tendría dos grandes prioridades: “Echar a andarla transición incluyente y plural que ofreció, las reformas institucionales de consenso pendientes, mantener la marcha de la economía y preocuparse por los marginados, los excluidos". El presidente mexicano, Ernesto Zedillo, encabezó una especie de 'perestroika' en el partido en el poder más viejo en el mundo, al forzar la democratización interna de la agrupación y dar garantías de limpieza electoral, en un país con una larga y folclórica historia de fraudes. Doce años después, el Congreso mexicano sigue paralizado, dividió en tres tercios desde el segundo mandato de Zedillo (1997), y la cantidad de pobres que bajó con Fox, se disparó al final del mandato de Felipe Calderón de 40 a 52millones, las reformas siguen estancadas en el laberinto legislativo, la economía aún no se recupera de los tremores de la crisis financiera global que se desató en 2008, en plena guerra declarada a las carreras contra las mafias sanguinarias del narcotráfico.

El mayor desafío para el PRI en aquella hora aciaga era el siguiente: “Convertirse por primera vez un partido y no una subsidiaria del Estado. Si no encuentra una forma de tener un nuevo liderazgo separado del Estado, dejará de existir", me dijo entonces Rubén Aguilar, quien ha sido durante décadas profesor de ciencia política de la jesuita Universidad Iberoamericana. Así fue: el PRI no dejó de existir porque se refugió en los inescrutables feudos estatales, se convirtió en una maquinaria de ganar elecciones por mano propia, huérfano de los favores del poder presidencial. “La revolución ciudadana ha sido consistente y casi en silencio la gente salió decidida a castigar al partido de Estado, para recuperar su dignidad y autoestima", me comentaba Rubén, quien fue fundador de la organización cívica independiente Causa Ciudadana. Cuando amanecía el lunes de 3 de julio de 2000, el PRI ya se preparaba por primera vez en su historia para dejar de gobernar la Presidencia y se replegaba casi en silencio hacia el control de los otros poderes: legislativos, municipales y sobre todo estatales.

La mayoría de los politólogos siempre consideró que el corazón del régimen político mexicano era el “Partido de Estado" creado por los caudillos de la revolución campesina de 1910, y plantearon que su derrota era decisiva para acabar con el cáncer de la corrupción que lo carcomía. Poco a poco, desde mediados de los años 80, los mexicanos comenzaron a mostrar su hartazgo con el presidencialismo centralista y autoritario, el control corporativo de los gremios, y desde distintos frentes hicieron emerger una categoría desconocida en este país: el ciudadano libre, sin partido.

Aunque Fox pertenecía al conservador Partido Acción Nacional (PAN) decidió guardar distancia de él cada vez más y construyó una coalición arcoíris, la Alianza por el Cambio, que fue seguida con el electorado urbano más joven y educado, dejando al PRI con el voto de los viejos y los más marginados del campo y la ciudad. El PRI ha sido "el 'frankenstein' de la política", me dijo durante una comida bañada con buenos vinos Porfirio Muñoz Ledo, el pragmático ex líder de centroizquierda y del PRI de los años 80s que, igual que Castañeda, Aguilar Zínser y Aguilar Valenzuela, abandonó las filas del ex alcalde capitalino Cuauhtémoc Cárdenas, para señalar la falta de ideología precisa del PRI, con una elite que utilizó al partido sólo para perpetuarse en el poder. En otra ocasión utilizó la imagen del ornitorrinco, mitad ave, mitad mamífero acuático, para retratar la mutación pragmática del PRI. Y en aquella hora difícil de entregar el poder por primera vez en toda la historia del país sin violencia, sin golpes de Estado ni rebeliones armadas, todas las miradas se dirigieron hacia el presidente Ernesto Zedillo, el jefe máximo de un PRI que languidecía. "Tenía una paloma entre las manos, o la entregaba viva o la entregaba muerta", me dijo Muñoz Ledo en su estilo retórico de declamador y tribuno, quien antes de su carrera política transitó como profesor de ciencia política por las universidades de Francia y México.

También solía consultar a otro politólogo que 12 años después sigue siendo citado por la prensa extranjera, José Antonio Crespo, quien anunció un nuevo presidencialismo en su libro Jaque al Rey; y ahora se ha se convertido en un desencantado crítico de la transición lanzada por la senda de la derecha democrática:"La transición llegó a puerto seguro, para consumarla por fin ocurrió la alternancia en la médula del poder centralista en México, la Presidencia de la República. Era urgente superar el estadio de democracia inestable e incipiente, y entrar de lleno al experiencia de la plena libertad democrática en la que el PRI deberá aprender a ser partido opositor", me dijo Crespo aquel amanecer. Pero cuando un colega corresponsal y viejo amigo le pidió anoche su opinión sobre los temores de una restauración de lo peor de la era del PRI, respondió con cautela ante el triunfo de Peña Nieto: “Es legitimo tener reservas sobre el regreso del PRI debido a su probado pasado autoritario”.

Los medios, el último eslabón de la transición

La primavera de la apertura democrática en aquel arranque del siglo XXI también se expresó con vigor en la prensa. "En su agonía, el anciano régimen acudió a las presiones de los periodistas y medios de comunicación en la campaña, igual que buscó la desesperada compra y coacción de los votantes", que fue documentada por los observadores extranjeros. Pero una vez lograda la alternancia, la prensa no ha sabido qué hacer con tanta libérrima libertad de expresión, que no sea vender caro sus enfoques, sus coberturas, sus espacios en los noticiarios, vender caro su amor.

Esos dos factores son parte de la zona más gris de la disputa por el poder en México. No sólo siguen intactos en 2012, sino que empeoraron y fueron el Caballo de Troya de viejo PRI que regresa: por un lado, la imbricación entre los más poderosos medios de comunicación, en particular la televisión y la radio, con todas las elites políticas de todos los signos ideológicos. Ellos sirvieron el festín, gracias a los desproporcionados gastos de campaña que todos los partidos rebasan, esta vez con una ventaja para el PRI que recaudó y repartió más favores. Y, por otro, la masiva chequera alimentada sin el control de la autoridad electoral permitió la compra de voluntades en las depauperadas masas de votantes del interior de este gigantesco país. Muy a la antigua lamento decir para los que enfatizan otras virtudes de la joven democracia mexicana que aún no rebasa la edad de la adolescencia.

Hace 12 años, la angustiosa incertidumbre que México vivió desde el mediodía del domingo, cuando la tormenta de votos hacía temblar los cimientos del viejo poder, y las encuestas a boca de urna daban el triunfo a Fox, tenían fundamento en un fantasma que recorrió el país: la tentación del fraude electoral. Pero el fin de la "dictadura perfecta", no podía ser más espléndido, la misma noche del domingo, Zedillo entró a la historia para reconocer por primera vez un triunfo opositor en una elección presidencial. La primera gran experiencia de la transición en democracia se consumaba en México. Algo esencial había cambiado: era l fin del presidencialismo. Ni Fox ni Calderón pudieron designar a su sucesor con su dedo índice. Peña tampoco recibió la bondad de un dedo, que no fuera el de los sobrevivientes de aquel naufragio que lo encumbraron.

Jurásico millonario

Doce años después, regresa un partido que no cambio, y si lo hizo fue para explotar, con la astucia de un grupo de políticos zamarros y con una chequera formidable, las fragilidades y los atajos de la democracia imperfecta. A 6.5 puntos del ganador, la queja central de Andrés Manuel López Obrador apunta: “No hubo equidad que establece la Constitución, hubo uso de dinero a raudales y falta de equidad en los medios”. Es tarde, porque es una trampa poco medible por su opacidad y una práctica artera en el record de todas las fuerzas políticas, en una más que en otras, de acuerdo con su poder financiero, incluso la izquierda. Ese tema que todo el mundo conoce pero nadie documenta porque todos pagan a los medios bajo la mesa, no pone en riesgo la legalidad del triunfo de Peña en los tribunales electorales.

La condescendencia con la cual Fox trató al PRI fue la primera piedra para la supervivencia del viejo ornitorrinco de la política mexicana. Fox se negó a abrir los expedientes que le pusieron en la mesa sus asesores más audaces, como el propio Adolfo Aguilar Zinser. Ningún líder del PRI pisó la cárcel o fue procesado por corrupción, después de que ese fue el eje de su campaña. "Ya estamos en la transición, yo diría que para sorpresa del mundo cruzamos el puente de la transición en sólo 24 horas de manera eficaz, estable y pacífica (...) nuestro compromiso es montar un gobierno de transición, plural y hacer la tarea de reconciliación y convergencia", nos dijo conciliador a un grupo de periodistas Fox a pocos días de su triunfo. El pacto de transición contemplaba la elaboración conjunta con el ex presidente Zedillo de un presupuesto del año 2001 en el que la responsabilidad última sería del presidente electo. Pero el centroizquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD, tercera fuerza electoral en el 2000y segunda en 2006 y 2012) rechazó una oferta de Fox de integrarse a un gobierno plural y complicó su panorama ya que en el Congreso carecía de mayoría propia y hasta fue abandonado por el PAN en temas claves como una ley indígena para

pacificar Chiapas, como se lo propuso Fox: solucionar el conflicto armado en el Estado de Chiapas (sur) cumpliendo con las demandas de la guerrilla indígena zapatista para reiniciar el diálogo, que entonces fue desdeñado por el encapuchado Subcomandante Marcos, ahora en el olvido.

Otra paradoja es que, a pesar de que Cuauhtémoc Cárdenas y Vicente Fox llegaron a conversar sobre una candidatura única para vencer al PRI en 2000, sólo frustrada por el método de selección del candidato único, el PRD se convirtió en la piedra en el zapato de la primera alternancia, mientras el PAN y PRI se reencontraban en sus preferencias. "Esperamos que ninguno de los miembros del partido caiga en la tentación de colaborar con el gobierno de Vicente Fox, sólo para dar la fachada de un gobierno plural" nos dijo en aquella hora el vocero del PRD, Carlos Navarrete, ahora senador. La brecha se amplió hasta el enfrentamiento. Fox propuso medidas vagas para combatir la corrupción, la impunidad, la pobreza y el narcotráfico. Para combatir la corrupción creó una Comisión Nacional Ciudadana de Transparencia que averiguaría “la verdad de hechos pasados, sin desatar una cacería de brujas", tales como magnicidios, corrupción y un multimillonario fraude del rescate bancario de los años 90's.

No hubo cacería ni de brujas ni de corruptos, ninguna de las medidas de su mandato se dirigió a la línea de flotación del PRI, su poder corporativo y corruptor. En las elecciones de medio mandato Fox se había quedado sin apoyo del Congreso y la segunda parte de su gobierno libró una batalla personal contra el alcalde de la capital, que catapultó la popularidad de López Obrador, quien se quedó a 0,56 puntos de la Presidencia en2006, con el PRI de Roberto Madrazo hundido en el tercer lugar. Y para sellar su nueva relación con el PRI, antes de las elecciones Fox dio la espalda a la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, dio por vencedor a Peña Nieto antes del día electoral, y se ofreció para respaldar un nuevo pacto con el nuevo mandatario.   Roger Bartra, antropólogo de origen español, un republicano que llegó a México en los años de la guerra civil de España, formado en las filas intelectuales de la izquierda moderada, no quiso creer en la rama de olivo del discurso de la vitoria de Enrique Peña la noche del domingo, en el que ofreció “reconciliación nacional, una nueva alternancia, una segunda oportunidad para el PRI del siglo XXI y una presidencia democrática que entienda los cambios del país”. Bartra, autor del libro Fango sobre la democracia, sobre la deriva populista de la izquierda, dijo que las energías de la transición mexicana apuntaban a que la segunda alternancia debería haber sido por la izquierda, la fuerza que más se sacrificó en la fase de la explosión ciudadana de los 90s. Pero el mesianismo de López Obrador, que se considera un “profeta” y ahora se niega aceptar su derrota, echó por la borda esas energías sociales. “El PRI no cambio, cambió la sociedad mexicana”, dijo con cierto consuelo y optimismo Bartra, quien junto con Castañeda, el historiador Enrique Krauze y el escritor Héctor Aguilar Camín, fueron los comentaristas estelares de Televisa en la noche del triunfo de Peña Nieto. Aludía al más de 60 por ciento de mexicanos que votó contra el PRI, en un país donde no hay segunda vuelta.

Ahora Rubén y Jorge Castañeda no consideran dramático el regreso del PRI y tratan de desdramatizarlo, amparados en la vida de algunas instituciones que la cultura de la sospecha mexicana no acaba de digerir. Parecen resignados, aunque saben cómo se cuecen las habas entre las bambalinas del establishment mexicano donde crecieron. “A Peña Nieto, toca, es su primera gran tarea, convencer a la mayoría de las y los mexicanos que hay un PRI distinto. De esto tiene que dar pruebas pronto. La integración del gabinete es un poderoso instrumento para mandar señales de que existe apertura y pluralidad. El PRI recibe un claro mandato que se puede derivar de lo que no ofreció el gobierno de Calderón: que se acabe con la violencia; que se genere un ambiente nacional de esperanza y optimismo; que se realicen las reformas estructurales; que mejore la imagen del país; que se ofrezca liderazgo y rumbo”. Así piensa Rubén 12 años después de aquella madrugada.

Viendo las prácticas arcaicas de la cultura política mexicana, en la que todos los vicios que se achacan al PRI son cometidos por todos los partidos, acaso en un grado menor a fuerza de tener menos recursos, puedo aventurar: El PRI no cambio, porque México no cambió en 12 años, está en la sangre y el ADN de la (in) cultura política de los mexicanos. No hay partido –ni intelectual- que no tenga una traza del PRI en sus filas o en su biografía. Por eso, el cuento más corto del mundo del escritor guatemalteco Augusto Monterroso retrata la pesadilla mexicana: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

 

Más sobre el tema: Raúl Tortolero: Josefina, traicionada -entrevista a Octavio Aguilar


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Víctor Flores García es un experimentado periodista Salvadoreño radicado actualmente en México, veterano de los medios y con 12 anos en la Agencia France Presse. Flores García es actualmente articulista de varios medios en México y Centro América, ademas de corresponsal de Petroleumworld en México. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld .

Nota del Editor: Esta entrevista fue originalmente publicada en Contrapunto, el 03 07 2011. Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.

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